
Retrocedí.
Se quedó inmóvil cuando me moví, por lo que ya no pude oírle respirar.
Durante un instante nos miramos el uno al otro con prevención; luego, la tensión de su mandíbula se relajó gradualmente y su expresión se llenó de confusión.
- ¿Hice algo mal?
-No, lo opuesto. Me estás volviendo loca -le expliqué.
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